Sofista by Platone, a cura di Beatrice Bianchini

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Eran las siete. —Ya llegaron —dijo Eleno. No se refería a los otros huéspedes: señaló los árboles donde revoloteaban murciélagos—. Es por aquí —tomó la maleta de Julio. En el pasillo, bajo las vigas de madera picada, Julio respiró el guano del murciélago, el inconfundible olor de Los Cominos. Donasiano había decidido que se hospedara en la troje de invitados, al fondo de la propiedad. Traspusieron el segundo patio. En las juntas de las losetas crecían hierbajos, como si ahí el suelo fuera más fértil.

Daguerrotipos y fotos en sepia decoraban las paredes. Julio trató de asociar los rostros con las imágenes que le entregó el Vikingo. Había algo extraño en esos parientes desconocidos. Llevaba demasiado tiempo lejos, aunque tal vez, de haber permanecido en México, tampoco sabría quiénes eran esos muertos con bigotes de manubrio, las damas con mantilla en la cabeza, los bebés que parecían sus hijas retratadas por un artista decadente. Vio su propio rostro reflejado en el cristal de una fotografía, manchado de óxido.

José Emilio Pacheco se ocupó mejor del tema. —Por ningún motivo Julio quería pasar por especialista. —Ese asunto tiene mucha miga —Monteverde seguía el impulso de sus reflexiones, sin reparar en la reticencia de su interlocutor—. A Ramón le gustaba verse bajo las advocaciones del León y la Virgen, la furia y la pureza, la carne pecaminosa y las amadas intangibles. ¿Qué sería de la literatura erótica sin la transgresión? La verdad, el catolicismo le ha dado su ayudadita al género. Por lo visto, el cura deseaba mostrarse como un ilustrado que domina con desparpajo cosas en las que no cree.

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