Apología de Sócrates by Plato

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O sea que le gustaba la vida militar? —se asombró Lituma. La idea que se había hecho del cantante de boleros era, pues, falsa. —Eso es lo que no entiendo —sollozó Doña Asunta—. ¿Por qué has hecho eso, hijito? ¿Tú de avionero? ¡Tú, tú! ¿Y allá, en Talara? Los aviones se caen, ¿quieres matarme a sustos? Cómo has podido hacer una cosa así, sin consultarme. Porque si te consultaba me hubieras dicho que no, mamacita. Pero entonces por qué, Palomino. Porque necesito irme a Talara. Porque es de vida o muerte, mamacita.

El churre debió llevarse el susto de su vida esa mañana, al pasar con sus cabras por este pedregal y toparse con semejante espectáculo. Se había portado como un ciudadano ejemplar, el churre. Dejó al rebaño pastando piedras junto al cadáver y corrió a Talara a dar parte a la Comisaría. Tenía mérito porque Talara estaba lo menos a una hora de caminata desde aquí. Lituma recordó su carita sudada y su voz de escándalo cuando se apareció en la puerta del Puesto: —Han matado a un tipo, allá, en el camino a Lobitos.

Era primitivo y endeble, con su suelo de tierra regado a diario para que no hubiese polvo y un techo de calaminas sueltas, que chirriaban con el viento. Los cuartitos de las polillas, al fondo del local, estaban llenos de rendijas por donde los churres y los borrachos venían a espiar a las parejas. El Teniente Silva y Lituma se fueron al bulín andando despacio, después de ver una película de vaqueros en el cine al aire libre del señor Frías (la pantalla era la pared Norte de la Iglesia, lo que daba al Padre Domingo derecho a censurar las películas).

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